Blog El descarnamiento del Arte

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CUANDO LA SELECCIÓN GANÓ LA COPA MUNDIAL

Roberto López Moreno

 

 

 

 

Había sido una situación bastante difícil. En mis años de cronista no había visto algo igual. Hasta le oí decir por televisión que en sus años de cronista no había visto algo igual. Será que sucedió del otro lado del Atlántico, pero desde aquí, desde Bristol, hasta donde me llegaban las noticias directas de Londres, nunca había leído algo igual. Yo, quien escribe estos párrafos, he oído decir a más que muchos, que nunca habían sido testigos de algo igual. Había un eco que repetía colectivo desde todos los rumbos: “nunca habíamos visto algo igual”.

   El pueblo entero se había levantado enardecido, en el desquicio que da la furibundia absoluta. “Ni un campeonato más en nuestro país”, la consigna en ese tono remachaba los oídos brasileños, pero habían ido más allá de las oceánicas distancias y más acá, hasta los latires profundos de los pechos, oceánicos embravecidos. “Ni un campeonato más”

   Las protestas se extendían por las espirales del vertiginio y estallaban en los mercados, en las estaciones del “metro”, en las entradas de los estadios, en las plazas públicas, en todos los sitios propicios para las concentraciones masivas. “Ni un campeonato más, ni una farsa más, ni un ultraje más a la inteligencia del pueblo”. El grito se repetía en los parques y carreteras, por eso fue rebotando y creciendo hasta las demás ciudades. Al poco tiempo ardía ya en el país entero. “Estamos en contra de la burla” se oía a veces; “estamos contra el desfalco, el despojo, el abuso, el fraude” a veces se oía. Pero siempre se oía, veces y veces.

   “No más circo” “No más circo”. ¿Pero todo un pueblo arrebatado por la ira iba a poder contra los oscuros poderes que dominan el planeta y sus más oscuros intereses? De nada sirvieron las huelgas en el metro, en los  centros laborales, en las universidades, entre los empleados de los complejos empresariales. Entonces la ira creció en acentos desmedidos: “No queremos ni un fraudulento Campeonato Mundial de Futbol más en nuestra patria”. “Ni en el mundo”, se oían otros ecos. En mis años de cronista, de la vida, nunca había visto ni oído algo igual. Fue cuando se cerraron más y más los caminos de un dialogo desde antes imposible. Y hubo un momento sombro, sombro, sombro, más sombro aún, y todavía más sombro, en el que se perdió toda posibilidad de poder hacer la narración fidedigna de lo sucediendo.

   Después, cuando aclaró un tanto la atmósfera, se supo de la increíble venganza de los poderes terribles, el incendio total del Amazonas complicó aún más las cosas. Una parte vital del planeta había sido dañada de muerte como desquite de los perversos. El cerceno eran cenizas. El planeta había quedado manco. Los organizadores del engendro repugnado con el fin de no quedar en el total ridículo decidieron ese año donar la Copa. Pero, se había llegado a tanto que, silenciosamente los equipos concursantes en el torneo empezaron a emprender el regreso a sus países. Todos se hacían disimulados y regresaban cabizbajos a sus lugares de origen. Nadie volteaba “ni un pelo” la mirada para mirar siquiera a la Copa amada (hubiera intentado algún poeta). Qué sigilo aquel, uno a uno regresaban los silentes grupos, nadie quería la donación… o quizá sí, pero no se atrevían a aceptarla. Entonces fue cuando los eternos perdedores vieron llegado su momento. Siempre hay un momento del momento. Nunca se había visto algo igual (el cronista). Fue cuando la Selección Verde de Futbol vio dar un categórico vuelco a su destino. ¿La Selección verde? Sí, la de los ratoncitos… Ah sí, la selección verde. Fue el año en el que ganó la Copa Mundial. En cada país, en cada urbe (en Bristol, en Huixtla, en las principales ciudades del mundo, se repetía su sonoro nombre), aquel grupo en desbrido algarábico había logrado por fin su dicha más anhelada. Habían alcanzado por fin la tan deseada Copa. En un punto del planeta la cohetería hacía revolotear en las alturas a un ángel que se desparramaba dorado de orgullo y alegría.      

  

                

 
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LEGENDE INCONSISTANTE

Par Agustín Monsreal

Traduction par Miguel Ángel Real

 

 

Un garçon de 16 ans. Il se rend dans un bordel pour la première fois. La prostituée s'en occupe à merveille. Il croit en être amoureux et, à chaque fois que son argent le lui permet, il va mettre entre les jambes de la femme son romantisme sexuel. Plusieurs mois passent. Le garçon s'acharne à croire que l'amour, c'est cela. Elle s'en moque, mais elle le répète dans son corps de plus en plus longtemps et elle expérimente à nouveau, non sans nostalgie, non sans une faible crainte, que sa chair est utile. Graduellement elle oublie son attitude de suffisance professionnelle et elle adopte pour sa nudité une fierté nouvelle. Ils échangent le lit du bordel contre le lit de son appartement à elle. Ils apprennent à dormir ensemble. Ils mangent. Ils jouent. Ils se battent. Ils se baignent. Ils sont heureux, entre le plaisir et le sommeil. Quand ils se retrouvent virtuellement apaisés et que les secrets de la passion commencent à se répéter, ils décident de sortir promener leur bonheur dans les rues, de le confronter avec eux-mêmes et avec le monde. Les gens le regardent, ils commentent à voix basse, ils les pointent du doigt. Le garçon remarque comment l'âge de la femme lui retombe dessus. Il a honte d'elle, de l'entrain présomptueux de ses hanches, de son visage tuméfié de fard, de la vulgarité de son rire et de ses gestes de tendresse, de sa stupidité. Son amour se transforme en effroi, en pitié. Jamais auparavant il ne s'était senti ridicule ni sans défense. Misérable non plus. Ils viennent de dîner et elle fume, elle semble joindre, vérifier sa portion de bonheur, sans anxiété, en paix avec la vie. Après avoir attendu plus d'une heure qu'il revienne des toilettes, la femme comprend. Une douleur humble dans ses yeux contraste avec l'arrogance de ses faux cils. La jeunesse est égoïste, elle est lâche : elle fuit en traître. Elle l'avait oublié. Elle se lève. Elle paye l'addition. Elle sort dans l'air de la nuit et fait marcher son corps dans les rues nerveuses, elle le traîne comme un cadavre embaumé, elle le manœuvre entre la convoitise toujours frauduleuse des hommes

 

 

 

 

 

 

LEYENDA INSUSTANCIAL

Agustín Monsreal

 

 

 

 

Un muchacho de 16 años. Acude por primera vez a un burdel. La prostituta lo trata de lo mejor. Él se cree enamorado de ella y, cada que el dinero se lo permite, va a meter entre las piernas de la mujer su romanticismo sexual. Pasan varios meses. El muchacho insiste en creer que eso es el amor. Ella se burla, pero lo repite en su cuerpo un rato cada vez más largo y vuelve a experimentar, no sin nostalgia, no sin un débil temor, que su carne es útil. Gradualmente deja atrás su actitud de suficiencia profesional y adopta para su desnudez un orgullo nuevo. Cambian la cama del burdel por la cama del departamento de ella. Aprenden a dormir juntos. Comen. Juegan. Pelean. Se bañan. Son felices, entre el placer y el sueño. Cuando se hallan virtualmente apaciguados y los secretos de la pasión comienzan a repetirse, deciden salir a caminar su dicha por las calles, a confrontarla consigo mismos y con el mundo. La gente los mira, comenta por lo bajo, señala. El muchacho advierte cómo la edad de la mujer se le viene encima. Se avergüenza de ella, del ímpetu jactancioso de sus caderas, de su cara tumefacta de pin-turas, de la vulgaridad de su risa y sus ademanes de ternura, de su estupidez. Su amor se convierte en espanto, en lástima. Nunca antes se había sentido ridículo ni indefenso. Tampoco miserable. Acaban de cenar y ella fuma, parece juntar, verificar su porción de felicidad, sin ansiedades, en paz con la vida. Después de esperarlo más de una hora a que regrese del baño, la mujer comprende. Un dolor humilde en sus ojos contrasta con la altivez de sus pestañas falsas. La juventud es egoísta, es cobarde; huye a traición. Lo había olvidado. Se levanta. Paga la cuenta. Sale al aire de la noche y echa a andar su cuerpo por las calles nerviosas, lo acarrea como a un cadáver embalsamado, lo ma-niobra entre la codicia siempre fraudulenta de los hombres.

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La invención del verso

Ariana Itzamara Vilchis

 

Cerró los ojos. Al fondo de la sala, tu alma esperando a la mía en el Roulotte; nos parecemos a los de 1955.

Tu madre apenas acomodó el florero que me obsequiaste en mi cumpleaños número veinticinco. Dentro de el colocó los alcatraces recién cortados del jardín de la abuela, mismo tipo que me regalaste en nuestra primera cita y con los que sonreíste toda la tarde. Estoy segura de que estaba en tus planes besarme.

Luego de que tu madre se marchara, les colocaste un moño rosa. Tal vez no querías quedarte en silencio y me preguntarás si ya habré leído de nuevo los poemas de Joyce que

me dedicaste hace algunos años y yo te respondería con un verso en el poema número XIII ¡hay, los blancos alcatraces, ésos bellos alcatraces!.

Hoy también es 16 de octubre y tenemos dos años adelantados. Te vas a enojar por lo que no se pudo evitar. Podría responderte que podemos ser los del aquel mes, aunque siendo sinceros, prefiero que seamos los de ahora. No podemos revivir de los sueños.

Luego pondrás nuestra canción y en ese instante regresará un par de minutos aquellos días donde se era feliz, donde construimos el verso improvisado de aquella cita y resonará nuestra primera canción, ¡caray! nuestra primera salida. Entonces ubicaremos la posición de la Luna, aquella luna que te daba luz en el rostro mientras me recargabas en el árbol.

Con la misma sonrisa ocurrirá otro silencio. Seguías sin abrirlos y estaremos ahora en Dublín.

Seis veces tuvo que nacer el sol para que te conociera. Diez días tuvo la luna para nuestro encuentro. ¿Adivina que día inventamos el verso? Abrirás los ojos y yo no estaré del otro lado. Nunca contesté y todo seguía en silencio.

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Sobre la historia (sin pies) del presentador (trágico)

Sofía Garduño Buentello

 

―Las enanas desaparecieron hace tres días y comienzo a preocuparme por su integridad física, ¿será acaso que me dejaron por otro las muy ingratas? No supieron agradecer que las quisiera tanto.

―No, pero es que no entiendes, no estoy loco, solo les doy de comer y unos cuantos abrazos.

―Está bien, tú ganas, también les he dado besos en la frente pero eso solo ha sido una  vez.

―No, no se dan cuenta porque ya están dormidas. Veo sus cuerpecitos tímidos y me pregunto si ellas ven gigantes, funámbulos o malabares.

―Tú bien sabes que son inofensivas, que duermen la mayor parte del tiempo entre magnolias y azafrán.

―No sé qué haría si me las quitaras. Me rendiría al duelo y a la quiebra. Y es que sin ellas no soy nada. Y es que sin ellas no sabría que ver hacia el suelo donde están mis pies.

― ¿No los has visto?

― ¿Cómo que qué? ¡Mis pies! Son insoportables, les crecen raíces en lugar de dedos y a cada zancada hiero la tierra de muerte.

― El día que se fueron no las quise tanto como debí haberlo hecho, no sabía… No me las quites, te lo suplico. No te las lleves. Si las encuentras, regrésamelas porque no sabría que hacer sin ellas, o lo que es peor, no sabría que hacer conmigo.

 

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Línea 3: Indios Verdes – Universidad,

José Manuel Ortiz Soto

 

 

 

Modernidad

[Estación Indios Verdes]

 

 

 

Hubo un tiempo en que sus nombres llamaban a reverencia, estremecían: Izcóatl y Ahuízotl, Serpiente de obsidiana y Perro de agua, cuarto y octavo tlatoque de los mexicas. Algunos siglos después, en una época ajena, estatuas errabundas por la ciudad que un día construyeron, el verde que recubre el bronce de sus cuerpos les da nombre, raza, religión, nueva historia.

 

 

 

Peregrinos

[Estación Deportivo 18 de marzo, antes Basílica]

 

 

 

Los peregrinos que se detienen frente a mi puesto me miran con recelo, creen que trato de estafarlos. No los juzgo: ¡fuera de la ciudad se dicen tantas cosas de nosotros! Para ganarme su confianza, les muestro la certificación que me expidió la Santa Sede. Eso nunca falla, pero la falta de fe encarece los milagros.

 

 

 

 

 

 

Ayudar al prójimo

[Estación Potrero]

 

 

 

Al ver la extrañeza reflejada en mi rostro, se apresuró a darme la siguiente explicación:

—Me urge llegar al otro extremo de la ciudad, asuntos familiares me reclaman allá. ¡Usted, como adulto, sabe muy bien lo que es eso! Desgraciadamente, a mi edad me es imposible hacerlo a pie, y tampoco dispongo de medios económicos para costear el precio de un boleto de metro. De tomar un taxi, mejor ni hablamos. Es ridículo, lo sé, pero así de mal está la economía en nuestro país. Por eso, estimado conciudadano, si usted pudiera ayudarme con unas monedas que no afecten su economía, créame, se lo agradecería enormemente.

No tuve corazón para negarme a la súplica de aquel anciano y educado caballo al que, por lo visto, la vida no había tratado nada bien.

 

 

 

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Martes, 22 Mayo 2018 05:19

EN LA PENUMBRA. / DE OCTAVIO OLLIN /

 
 
 
 
EN LA PENUMBRA.
DE OCTAVIO OLLIN
 
 
 
 
Recuerdo que era de noche cuando me llamaste por teléfono y me pediste que llegase a casa pronto, después del recital, para cuidarte mientras dormías. ¿Por qué nunca respondes, Leonor? El efecto era aborrecedor, nunca desapareció, ¿será que llegó de afuera y se quedó deambulando aquí adentro? Lo supongo. Debido a la emanación del mismo olor tan infecto y además antiguo, los pies con los que tuve contacto, me tenían ciertas dudas por atacar mis sentidos. Las moscas, no tardaron en hacer acto de presencia, llegaron atontadas por el frío de la noche, zumbando con viles avispas que inyectaran su aguijón en algún inocente. Todo me empezaba a cansar. Estaba fastidiado. Reconocí que esta mujer no estaba viva, porque el olor se convirtió, se convirtió en algo asqueroso. ¡Algo se estaba pudriendo! Así que separé la única sabana colocada en su rostro. Lo que azotó mi visión, fue una ráfaga de olores repulsivos. El olor era más reconocible. Era un olor a muerte, hedor de humedad y descomposición, en aquella almohada donde se encontraba una insulsa bola de trapos amontonados, enmugrecidos y rotos, que imitaban pesimamente, la cabeza de la mujer que expiró. Alrededor de la almohada revoloteaban con frenesí aún más moscas, que no detenían su vuelo entre la pegajosa sangre, que todavía no terminaba de consumirse. Estaba fresca. Las sabanas restantes estaban colocadas con sumo cuidado en todo su cuerpo. Confieso que sólo logré divisar lo que antes he descrito. Después de ver esto, supe en realidad qué era la mujer y a qué se dedicaba, cuando observé vastos puños de sal propagados en los trapos y el cuello, también detrás de la almohada y en el suelo. Ah, Malinxochitl, bruja antiquísima, madre de Copil y de los hechizos y la oscuridad. ¡Es inútil nombrarte, porque nadie te conoce! Además, tu nombre es más antiguo que esta pestífera casa, llena de arañas, suciedad, oquedad y miedo. Tan tétrica y tan nociva es esta habitación para mí, que me hace pensar que nunca descansas, mujer. En mi intento por averiguar más, decidí inspeccionar el sitio donde descansaba la mujer, cuando desafortunadamente, observé una porción de cuero cabelludo, escondido, atrás de la desolada cabecera. Tuve que mover la cama cuidadosamente, ya que al hacerlo, quedé ofuscado por lo que admiré con terror. No cabía decir más. Lo que descubrí fue la cabeza magra —que cayó como piedra al suelo—inerte, oculta por el artífice del crimen. Una cabeza consumida por la muerte y en descomposición bastante prematura. Ésta terminó boca arriba de la habitación, mientras sus cabellos se escurrían como agua en el suelo maloliente. Al acercarme con sigilo pude ver, con detenimiento que, el color de su piel era ceroso, grisáceo. Y pese a eso en sus pómulos dominaba un tono purpúreo que no congeniaba. Entonces entendí que este cuerpo cargaba unos botines que yo mismo sostuve. Eran cafés, raídos, sucios, porque en ellos coloqué un poco de talco —supuse que sería útil para Leonor—, traído de Sonora. ¿Hablaba con un cadáver sin percatarme? ¿Aun con esa abyecta mirada, me atreví a conversar con ella? En pocas palabras: fui un hombre osado, por tener una vaga conversación con un muerto. ¡Por un cuerpo sin dueño! La voluntad en mi interior me convirtió en un soldado bañado de acero, para combatir con un muerto, más bien conversar con un muerto. Y la cabeza, seguía mirándome en el piso de la habitación. Era como si sus ojos fuesen dos agujas que penetraban fluctuantes en mi cuerpo. Ojos de muerte, derramados de sangre, donde apenas las pupilas oscuras se notaban. Su melena, era larga, negra y maltratada, con delgados hilillos de plata. Los labios eran idénticos en color que los pómulos, estaban dañados y con la boca entreabierta. Al verlos de ese modo, me hicieron pensar que pronunciaría alguna palabra. ¡Y por fortuna no fue así! De una oreja, de repente, salió apresurada una pequeña araña que cayó al suelo y se hundió en la oscuridad. Huyendo de aquella escena, tropecé en mi camino entre las escaleras de metal. Desde ese instante supe de la existencia de un Rottweiler, pues éste me ladraba a mí, cuanto más rápido me apresuraba para huir de aquella escena, porque no había nadie más en esa casa...
 
 
 
 
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Lunes, 21 Mayo 2018 03:02

Zape / Oliver Guevara /

 

 

 

Zape

Oliver Guevara

 

 

 

 

Después de la cena, se preparara para dormir, su madre apaga las luces y le da un último beso, lo persigna y le dice que sueñe con los angelitos. Armando se recuesta y sube la sábana hasta su cara, se cubre mientras espera la visita de todos los viernes. Sus padres duermen en el cuarto contiguo que es separado sólo por una cortina verde y mientras aguarda la victoria del sueño, oye a las gallinas del corral inquietarse, escucha ladridos que se apagan a lo lejos, oye que la puerta principal se abre, sabe que no es su padre, él llega más tarde de la mina. Su madre corre a su lado y le cubre la cara subiéndole la camisa de su pijama.

 

-No te espantes. –Armando siente cuando su madre lo sujeta fuerte del brazo y no puede evitar que los ojos se le humedezcan.

 

Puede escuchar en pleno silencio como las sábanas son corridas, oye la voz de su madre cuando se queja, oye un rumor de hombre que se convierte en voz nítida, más fuerte y cercana. Después de unos minutos, la presencia se va, lo sabe porque siente cuando su peso se quita de la cama, su madre lo jala para sí y se escucha ahora la puerta principal cerrarse. Su madre también se va a la cama y ya acostada, le dice que se descubra, que todo ha terminado. En ocasiones, su madre no habla en todo el día, realiza las labores de casa en silencio, la mayoría de las veces, el agua que sale del grifo es su único acompañamiento y se queda ida mientras Armando se marcha a la escuela sin obtener respuesta al despedirse. Papá duerme hasta tarde para después introducirse en las entrañas de la tierra.A Armando lo molestan en la escuela después de contar que en su casa espantan, no escapa de la sorna y del insulto de los rapaces más crueles, comienza a aislarse, pasa largos minutos en el baño hasta que suena la chicharra que indica la hora de salida, hay ocasiones que escucha cuando intentan abrir la puerta del cubículo donde está recluido, alza la camisa blanca de algodón de su uniforme y se cubre la cara.

Después de asumir que los fantasmas son reales, deja de importarle demasiado, hay noches en que ya ni siquiera le importan los sollozos de su madre, el “no por favor” que a veces se le escapa mientras una respiración agitada parece bufar en la espalda, como un bisonte apunto del embiste. Ya no le importa quedarse despierto y salir a hurtadillas de su recámara para observar a su madre recostada de lado y en silencio, con la mirada en la pared, reconociendo el olor a tierra húmeda en los pantalones de su padre, colgados en una silla cercana.

Su padre es una bestia derrotada, su cuerpo llevado al límite dentro de las oscuras minas está a punto de sucumbir, su constante tos es el síndrome de la terquedad por llevar sustento a la mesa. En su casa no se habla más que de dinero y los silencios son rotos por conversaciones sobre enfermedades, doctores y remedios como toques eléctricos aplicados en las manos, para volverle la agilidad que ha perdido con los años y con los nervios.

 

-¿Dormiste bien? –Le dice en una ocasión ese hombre encorvado con más canas que ayer. Lo mira y Armando quiere contarle de espíritus, de cómo le afecta más a su madre, que el último zape que le dio en la nuca por llorar al pelear por un columpio, aún lo recuerda, que todo estará bien si se largan del polvoriento pueblo. Su madre se acerca para servir el plato a su padre que está a punto de irse, se detiene después de dejar la comida y fija la mirada en Armando, el niño no sabe interpretar si aquella mujer de ojos como piedra rugosa quiere que siga o si quiere que calle. La angustia convertida en cansancio y la boca apretada le dice que no diga más. Armando responde con un lacónico sí y después sale a ver a los animales del corral mientras lleva consigo los cubiertos que lavan en la llave de afuera, cerca de donde acumulan la leña que abunda en invierno, donde dejan los cantaros que se rompen.

Una tarde de viernes, no quiere regresar a casa, se atreve a introducirse más allá en las calles del pueblo, se asoma a los pocos aparadores y en uno de ellos, observa un vestido color azul turquesa. Imagina a su madre en él, la ve bailar en la sala de su casa mientras su padre está en un sillón con una sonrisa enorme, con los ojos cerrados, le place ver a su madre contenta, sin las noches de fin de semana en las que amanece fúnebre. Armando siente nauseas cuando ve que el sol se oculta con una velocidad inusitada, ahora imagina adquirir un gato y acariciarlo mientras duerme con él, atento a los ruidos que le avizoran presencias.

La oscuridad es un rumor que se hace voz, un aire agolpándose en las tablas de la casa, el tronido de las piedras que chocan en el río cercano, del rebuzne lejano. Oye que la puerta se abre, se cubre la cara como el ensayo forzoso en el que se ha convertido, siente a su madre recostarse en su cama, después siente una fuerza mayor que se apodera del cuerpo de su progenitora, nuevamente los gemidos y es entonces cuando se descubre, observa que un hombre yace sobre su madre que no deja de abrazarlo y decirle que todo va estar bien. Armando comienza a gritar y se apodera del tenedor que está bajo su almohada, lo hunde varias veces en la espalda del hombre que sigue en un vaivén frenético sobre su madre, después el intruso por fin se da cuenta del dolor ensimismado en el placer y es entonces que mira la figura del niño en la noche como un felino revolcándose patas arriba, decide salir y corre a la puerta, los viajes del tridente no se detienen y hacen mella en la humanidad de su progenitora quien alza las manos para tratar de evitar más heridas, rasguña el cuerpo de su hijo que no se detiene, que grita como animal nocturno hasta que siente que el tenedor ha dado con la dureza. Hace un alto, se dirige a la cama donde duermen sus papás y saca de su mochila una tela azul. Se sienta al borde la cama y espera a que papá regrese, se viste y empieza a bailar en la sala. No se detiene, oye que la puerta principal se abre nuevamente, la claridad está a punto de engullir el vacío y es entonces que huele la humedad de los pantalones de su padre, el olor a entrañas de la tierra.

 

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Martes, 15 Mayo 2018 06:01

Amar / Salma Guadarrama Bedolla /

 

Amar

 

Salma Guadarrama Bedolla

 

Lo besé y me rendía a ello. Necesitaba que me tocaran. Necesitaba sentirme deseada y cuando me cedió eso, sentí una repulsión propia ¿qué estaba haciendo?

—No puedo —dije alejándome de él.

—¿Pasa algo? —preguntó preocupado.

—No te acerques de nuevo a mí —dije. Tomé mi bolsa y salí, huyendo, huyendo de esa aventura que no quería y que ahora repudiaba.

No pude, no fui yo. Tomé mi móvil, marqué su número y traté de controlar el llanto del que no era consciente.

—¿Hola? —escuché su voz y modifiqué la mía todo lo que pude.

—Cariño, ¿cómo estás? —le dije, a falta de ideas.

—Bien, pero ¿tú te encuentras bien, linda? —preguntó él y pude notarlo preocupado.

—Si, pero necesitaba escucharte. Sé que dijimos que llevaríamos esto más lento, pero muchas veces te extraño más de lo que soporto —dije, tratando de convencerme de que lo que hice solo fue porque lo extrañaba.

—Pues será que estamos conectados o algo, porque yo también te extraño ¿te voy a buscar?

—Si, ven, quiero verte —le dije y después de un par de detalles colgó la llamada diciéndome que estaría conmigo en unos minutos.

Llegué a casa agotada, me dejé caer, sintiendo sobre mis hombros el peso del mundo, porque sabía que lo amaba, pero me sentía como una basura porque me di cuenta de ello solo hasta que lo engañé.

Escuché sus pasos acercarse a la puerta, así que me levanté y fui a abrirla. Lo vi, sonrió al mirarme y yo me lancé a sus brazos.

¿Cómo pude hacerlo? Engañarlo, a él, a la única persona en este mundo que no se lo merece y ahora solo me pregunto si lo correcto es decírselo, si lo correcto es alejarlo ahora que estoy segura de que lo amo.

—Me hacía falta un abrazo tuyo, mi amor —dijo contra mi cuello.

No, no iba a decírselo. Fue un error y en eso se quedará.

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HOY ME ENFRENTÉ A LA MUERTE 

MINIFICCIONES

Gilberto Arvizu Morales

 

 

HISTORIAS FÚNEBRES

Haría cualquier cosa para quitarme de este estado de extremo aburrimiento, pero ya escuché más historias fúnebres de las que podría resistir. ¿Cómo se puede morir cuando no se le teme a la muerte?

 

INCAPACIDAD

A Edmundo Coria, a quien apodaban El Inmundo por sus pésimos modales, se le atribuían 50 asesinatos, entre ellos el del poderoso empresario Julián Sevilla, al que le reventó toda la cara, menos un ojo, prueba de su impulso sádico y de su mala puntería.

Suele decirles a sus secuaces después de una ejecución y haber gastado más balas de las necesarias: “¿Qué? ¿Alguien me puede decir cómo se consigue una incapacidad?”. No falta el sicario que a sus espaldas diga que con esa puntería podría haber ganado un oso de peluche.

 

LA REALIDAD SE IMPONE

Esto es una jungla. Aquí gana el más fuerte. O te preparas bien o te comen. La realidad se impone. Se parece tanto a un callejón sin salida. Se da rienda suelta a cierto lado salvaje y la condición de mundo está en proceso de descomposición. O quizá sólo esté en un patrón de negatividad.

En otras palabras, envíen el remedio que la enfermedad se extiende.

 

ZONA DE DESASTRE

Soy una zona de desastre ambulante. Hoy me enfrenté a la muerte y me dijo que me afeitara.

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EL CIRCO Y OTROS TEXTOS

Rocío Prieto Valdivia

 

Algunas veces la vida te da un empujón involuntario y abres los ojos al mundo circense. Ahí están aquellos casi probables personajes de este bello espectáculo.

Los pasos dubitativos del personaje central me hacen desconfiar, y creer en verdad que el circo se tambalea. Los payasos con zapatos de colores, las trapecistas con pantalones ajustados. La mujer barbuda que halaga a su macho.

Yo los observó discurrir en esta homilía.

La pista es esta enorme casa blanca, con techado abstracto. Las paredes muestran escenas del circo: el león comiéndose al mundo, el mundo admirando al león, y todos los antes mencionados a los pies de la fiera.

Abunda el rojo escarlata en las cenefas, ¿acaso es la sangre que está por derramarse?

Un escalofrío recorre mi cuerpo.

La sangre bulle en ríos rojos. Me asusta la sonrisa del domador, las trapecistas con tacones altos, sus trajes sastres a la última moda aérea; una de ellas incluso ya usa salvavidas, mientras la otra habla de finanzas y del alto costo de las gasolinas.

Un coche se para frente a ellas, mientras el personaje central del cuento me ha impregnado de humo los pulmones, y el circo político anuncia de nuevo su función.

 

 

 

 

INALCANZABLE.

 

 

La tarde de aquel viernes ella nos citó a ambos. Mientras salíamos del café los tres, de la nada salió él, vestido cómo un posible personaje sacado de los cuentos de Poe; quien nos observaba caminar rumbo a tu coche. Ella y yo nos vimos a los ojos, mientras tú eras su víctima.

Creo que no supiste quién era ese personaje que nos interceptara en nuestro camino. Tú habías salido en busca de la palabra, pero ahora ahí estaba él, profanando los libros que traías cargados. Parecía vestido para triunfar, o al menos para no parecer un perdedor. Hurgó en cada uno de tus libros, sin dejar aquel su porte de superioridad.

Nosotros sabíamos quién era. Tú, para no perder cordialidad, argumentaste no haberlos leído todos, y sin darte cuenta te volviste un patético libronauta, cuándo no lo eres. Inmutable, él se mantuvo en su plan de ataque, y cuál jaguar se comió a su presa, y limpió sus bigotes.

Minutos más tarde nos dirigimos al lugar donde la oralidad fue fugaz encuentro; en el cenáculo todos reunidos, escuchábamos al mesías gesticular verbos, intercesión de caricias, variaciones del centro de un éxtasis no compartido. Era tan pequeño el espacio de la discusión, que me tuve que sentar atrás, y observé que te sentaste a un lado de ella, para no perder su compañía, o tal vez el aroma de sus cabellos, o el brillo de sus ojos, atrapó ese día tu atención. Ella se limitaba a ver hacia el frente, y en ocasiones, con disimulo, me dirigía miradas de auxilio; asustada creo de estar en medio de esa selva de fieras, o confundida de que las otras chicas no hubiesen llegado a la reunión.

Todos mis años me indican que lo tuyo fue un flechazo al primer aroma, porque tal vez yo sentí lo mismo la mañana en que la vi por primera vez en esa lectura. Nos había tocado compartir mesa, y su cabello semi sujetado oloroso a flores me excitó. La mesa era muy justa para siete participantes, y ella tal vez sin ningún afán rozó mi pierna con su mano. El aroma de su cabello nos habría envuelto a todos los presentes; "el bello pánico" se hizo presente en esa mesa.

Al año siguiente volveríamos a coincidir en el mismo lugar, y nuestra amistad había surgido. Algunas veces aún solemos caminar rumbos a la parada de su transporte, o nos vemos en el mismo café dónde la has conocido el día de hoy. No esperes recibir algo más que su compañía, algún detalle de amistad, y la permanente mirada linda que te come a mordiscos. Ella es inalcanzable. Y tan traviesa como una pantera.

 

 

 

MI HOMBRE DEL SILENCIO.

 

 

Mientras la gente pasa, algunos abordarán sus transportes a cualquier lugar de la ciudad, mi mirada se detiene en aquella figura que cruza la gran avenida, lejos de mí; tal vez deba correr y abrazarlo, decirle de frente lo mucho que lo amo, y que tras aquella discusión estúpida, no pude expresarle con palabras ni con gestos. Todo fue un largo sollozo de mi parte, en el que quizá terminó por desesperarse, y con ello la lejanía cubrió aquellos meses que he pasado sin él; quizá debí despojarme del afán de este maldito invierno que me tiene retenida entre estos abrigos oscuros como lo está mi corazón desde que nos separamos. Al verlo, vuelven a mi mente escenas de una película romántica, donde seguimos siendo él y yo abrazados; él y yo tomando café, charlando y leyendo un simple libro y reímos criticándolo. Ahí, en el café de siempre, las mesas de madera de caoba entintadas de rojo cherry, las tazas blancas repiqueteando sus sonidos con esa claridad de tintineo que redondea la alegría de estar juntos, comienzo a pedacitos los pedazo del pastel de nuez que tanto le gustaba compartirme, mientras daba sorbitos a un café latte sin dejar de verlo. Él y yo al fondo de ese establecimiento, juntos sin importarnos el alrededor. Algunas veces aún detengo mis cansados pasos y lo observo en los rostros de toda esta gente que sin mirarme abordan sus transportes para escapar de mí hacia cualquier sitio de esta fría ciudad. Hoy cuándo lo veo abordar el transporte público, y mientras se aleja lo vuelvo a besar en mis pensamientos. Él sigue siendo mi hombre del silencio.

 

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