Blog El descarnamiento del Arte

Servando Clemens

Servando Clemens

Servando Clemens, nació un día 9 de febrero de 1981 en Sonora México. Estudió la cerrera de administración de empresas. Hoy en día es dueño de su propio negocio. En sus ratos libres lee cuentos y novelas. Sus géneros favoritos son: el fantástico y policiaco. Ha escrito varios cuentos breves, donde el principal tema es un mundo apocalíptico.

Biografía:

Servando Clemens, nació un día 9 de febrero de 1981 en Sonora México. Estudió la cerrera de administración de empresas. Hoy en día es dueño de su propio negocio. En sus ratos libres lee cuentos y novelas. Sus géneros favoritos son: el fantástico y policiaco. Ha escrito varios cuentos breves, donde el principal tema es un mundo apocalíptico.

Miércoles, 04 Agosto 2021 02:21

Punto final / Servando Clemens /

 

Punto final

Servando Clemens
 
 

Llegué al establecimiento de costumbre. Pedí un café sin azúcar. Me senté en una mesa pegada a la ventana para admirar el cielo plomizo. Me puse nostálgico al ver a los grajos que estaban parados en los cables eléctricos. Tuve ganas de llorar por algún recuerdo que no recordaba. Miré un avión que atravesaba el horizonte; no, eso era un misil. Pensé en todo lo que no hice y en las experiencias que me perdería. Por la calle la gente corría sin rumbo fijo. Los automóviles chocaban entre sí. La alarma de emergencias no dejaba de repiquetear. Escuché algunas detonaciones de armas de fuego. El anciano que atendía el negocio prendió el televisor y cambió al canal de las noticias. No sé el motivo, pero las pocas personas que estaban en la cafetería, huyeron al revisar los mensajes de sus teléfonos móviles. Alguien había olvidado un libro viejo encima de una silla. Lo tomé para echarle un vistazo. Las primeras líneas eran interesantes y alentaban a continuar la lectura. Levanté la vista. En el noticiario informaban sobre un bombardeo nuclear.

—Es el día del juicio final, hijo —comentó el anciano sin quitar la mirada del televisor—. Los gobiernos prefieren acabar con toda la humanidad antes de aceptar que se han equivocado. 

Cambié de opinión, me levanté del asiento y agregué dos cucharadas de azúcar y un poco de crema líquida. Era momento de disfrutar. 

—¿No tienes miedo? —me preguntó. 

—No sé a qué le tengo más temor, si a vivir del modo en que lo hacemos o a morir. Y aunque estoy cerca de la muerte, todavía no la conozco. 

—Tengo noventa y ocho años y he pasado la mayor parte de mi existencia trabajando en este aburrido lugar, nunca hice lo que realmente amaba por miedo, y ahora es tarde, así que ahora mismo me importa un carajo el mundo. 

—El doctor dijo que me quedaban tres meses de vida. 

—Eso lo explica todo, joven. Nos vemos del otro lado de la frontera, si es que existe. 

El viejo salió al pandemonio y se topó con la muerte al caerle en la cabeza el letrero de su propio negocio. Percibí una explosión que cimbró las paredes, los cristales y mi esqueleto. El televisor cayó de su lugar. Los vidrios llegaron hasta mis pies. El edificio de enfrente se derrumbó y los escombros cubrieron la calle. Di la vuelta a la página y leí algunas frases sueltas. Me fui a la última hoja para terminar con el asunto. Saqué un bolígrafo, escribí este relato: el epílogo de mi vida y coloqué el punto final.

 

 

 

Una revolución sin piernas

Servando Clemens

 

 

 

SE ACERCA LA REPORTERA al chico que no tiene una pierna.

—Hola, Ismael, ¿cómo estás?

—Aquí, pasándola, seño, ya se la sabe.

—¿Te puedo hacer una pregunta difícil?

—Usté dirá, nomás me paga lo que prometió hace una hora por la entrevista.

La reportera sonríe, nerviosa.

—¿Cómo perdiste la pierna?

—Pues estábamos jugando fútbol en aquella cancha, ¿la ve? Y pues pisé una mina antipersona,

caí desmayado y cuando desperté en un hospital, ya no tenía la pierna derecha, con la que le pegaba duro y macizo al balón.

—Uy, qué triste historia. Pero veo que juegas fútbol con muletas. ¡Muy bien por ti, muchacho! Eres un ejemplo a seguir.

—Sí, pero yo quería ser profesional para sacar a mi familia de la pobreza.

—Me imagino que puedes estudiar una carrera y ser director técnico de algún equipo profesional.

—Sueños tontos —dijo Ismael—. ¿Qué no ve que aquí no hay escuelas? Está muy lejos la ciudad y mis papás no tienen dinero. Es más, yo ni sé leer.

—Lo siento, yo pensé que…

—No se preocupe, seño. Aquí la vamos pasando leve.

—¿Y a qué te dedicas ahora, Ismael?

—Me uní a la revolución.

—¿Y cuál es el motivo de tu lucha?

—Salir de pobres, comer, vestir… sobrevivir.

—Eh, ¿y qué hacen en su revolución…?

Ismael saca una pistola que escondía en su short.

—Deme todo su dinero y el celular, vieja pendeja, o me la quiebro aquí mismo. Y esto es mi revolución, pa' que vea.

—Pero, Ismael, tú dijiste que…

—Y que el puto del camarógrafo deje de grabar y que me entregue ese aparato… o también me lo chingo.

 

Fin de la entrevista.

Jueves, 27 Julio 2017 04:58

El casino Servando Clemens

 

 

 

El casino

Servando Clemens

Augusto revisó su cartera y maldijo al no encontrar dinero. Deambuló entre las maquinas tragamonedas en busca de algún conocido y se topó con Federico, otro vicioso.

 

—Necesito un préstamo —dijo Augusto—, me robaron la billetera, hermano.

—¿Otro préstamo?

—Por favor —suplicó Augusto—, siento que hoy puedo ganar.

—Todavía no me pagas lo de la vez pasada… no tienes vergüenza.

Augusto le entregó su argolla de matrimonio a Federico.

—Suerte —dijo Federico y le dio un billete que no representaba ni la mitad del valor del anillo.

Después de una hora, Augusto perdió el dinero que le restaba en el blackjack y tuvo que salirse del casino con los ánimos por los suelos. Recargado en un poste y fumando un cigarro recordó que gente de la mafia había prometido quebrarle las piernas si no pagaba sus deudas de juego la semana entrante. Pensaba en suicidarse cuando sonó su celular. Era su esposa.

—Amor —contestó Augusto.

—¿Dónde estas?

—Ya voy a casa, no te preocupes.

—Sólo te quiero pedir algo —dijo la esposa—, si no traes dinero ya ni vengas.

—Ten paciencia, estoy a punto de cerrar un negocio.

—¿Paciencia?, ni siquiera hay comida en casa —dijo la esposa y colgó.

Augusto se metió a su automóvil y al encenderlo se percató de que el tanque de gasolina no le alcanzaría para llegar a su casa. Apagó el coche y enseguida hizo una llamada.

—¿Quién habla? —preguntó una señora.

—Soy Augusto… lo voy a hacer.

—¿Seguro?

—Sí.

—Mañana nos vemos.

Augusto salió del vehiculo y se fue caminando a su casa. Durante el trayecto pensó que si la venta de su riñón salía bien podría pagar sus deudas y tal vez su suerte cambiaría en el casino.

Lunes, 12 Junio 2017 03:43

¡Sólo mátalo! / SERVANDO CLEMENS /

 

 

¡Sólo mátalo!

 

SERVANDO CLEMENS

 Antes de que saliera el sol Jonás estaba llegando al palacio presidencial, donde lo esperaba su compañero Jeff. Los dos portaban su traje correspondiente a la guardia presidencial.

—El gran día llegó —dijo Jonás—. ¿listo?

—Listo —contestó Jeff—. Por la patria.

—Por la patria —repitió Jonás.

     Ese día se anunciaría el reforzamiento de la seguridad del palacio y del incremento de escoltas que resguardarían al mandatario. Asimismo, se entregarían los automóviles blindados y las nuevas armas procedentes de Estados Unidos (para seguridad del pueblo, decía el gobierno).

—¡Señores! —ordenó el jefe del cuerpo de seguridad—, tomen sus lugares, quiero a todos atentos. Sin sorpresas.

—¿Pasa algo extraño, señor? —preguntó Jonás.

—En absoluto —dijo el jefe—. Pero hay que estar atentos. Usted sabe lo del domingo pasado con los manifestantes del zócalo.

     Durante los últimos tres sexenios de mandato del presidente, había desaparecido miles de personas. Nunca se esclarecieron los hechos.

—¿Escondiste el arma? —dijo Jonás.

—Si —respondió Jeff—, relájate, no te preocupes.

    Jonás y Jeff habían planeado el atentado durante dos años. Antes de eso, estuvieron entrenando seis meses en el extranjero. Pretendía que la república fuera libre y soberana. Querían sembrar la semilla de la libertad y heredar un mejor mundo para sus hijos. El país estaba sumido en la pobreza extrema. Los medios de comunicación eran manipulados por el mismo gobierno. Había rezago educativo y además era el país más corrupto de Latinoamérica. Primer lugar en algo a final de cuentas.

—¿A las siete sonará la alarma? —preguntó Jeff—, ¿seguro están sincronizadas?

—Por supuesto —aseguró Jonás—. A esa hora habrá fuegos artificiales.

     El país era rico en recursos naturales. No obstante, el 80% de la población estaba hundida en la pobreza, el 20% restante vivía con lujos. Había pocos ricos y muchos pobres.

—¡EHH! —gritó el jefe—, dejen de estar secreteando par de maricones de mierda. El señor presidente está a punto de llegar.

      También era la nación con mayor índice de discriminación.

—Quince minutos —Alertó un anciano de la limpieza. También estaba infiltrado.

—Llegó el señor presidente —dijo el jefe—. Vigilen las ventanas.

    El presidente arribó en su lujoso automóvil blindado. Iba escoltados por diez gorilas entrenados en Irak.

     Por nuestros padres pensó Jonás. Los papás del joven habían sido raptados de su casa. Sufrieron torturas y vejaciones. Al final fueron ejecutados con un tiro de gracia. Ellos eran representantes del partido político contrario. Estaban haciendo mucho ruido en los medios de comunicación. Salían en noticieros internacionales informando la situación del país. El asesinato de los padres de Jonás fue adjudicado al narcotráfico, un ajuste de cuentas. Se dijo que eran parte del cártel del norte, el más temible de la república Revolucionaria.

     La república Revolucionaria tenía diez millones de habitantes. Pero la guerra por el poder, aunada a la guerra contra el narcotráfico, había dejado un millón de muertos. Era como una malaria que estaba acabando con la gente, con la gente más pobre principalmente.

Sonó la alarma justo a las siete.

—Se llegó la hora —dijo el anciano que trapeaba los pasillos. El viejo sacó de un escondite un rifle automático y acabó con una ráfaga con siete guardias de seguridad. El jefe de seguridad mató al anciano de un tiro en la cabeza. Se detonaron las bombas y el caos se hizo presente. Afuera se escuchaban detonaciones y lanzaban gases lacrimógenos contra los manifestantes.

    Jeff, debajo del marco de una puerta disparaba y acababa con los distraídos escoltas que se quitaban los escombros de encima.

—¡Cuidado! —gritó Jonás.

    El jefe disparó su arma contra Jeff, pero el joven alcanzó a tirarse al piso. Jonás acribilló al jefe a una distancia de seis metros pintando las paredes de sangre.

     Jonás y Jeff avanzaban hombro con hombro acabando con todo lo que se les pusiera enfrente. Nada importaba. Debían acabar con el dictador.

    Estaban a punto de tumbar la puerta de la oficina presidencial, pero Jonás recibió un tiro por la espalda cayendo de rodillas. Jeff contratacó abatiendo al agresor.

—¡No… amigo! —dijo Jeff sollozando.

    De las comisuras de los labios de Jonás escurría abundante sangre. Al final lanzó un escupitajo de sangre y gritó:

—¡VENGANZA!

—¡Justicia! —replicó Jeff.

—¡Sólo mátalo! —fue lo último que alcanzo a decir Jonás y se derrumbó de cara al piso encima de un charco de sangre.

    Jeff pateó la manija de la puerta y logró abrirla. Dentro de la oficina había nubes de polvo y escombros. A su lado derecho el último escolta yacía bajo una viga. De un rincón el presidente se levantaba con una herida en la frente y un brazo fracturado. Jeff apuntó hacia el presidente.

—¡Muchacho! —Dijo el mandatario—. ¿Acabaste con todos los terroristas?

—¿Terroristas? —preguntó Jeff.

—¡Felicidades! Fue un gran trabajo. Acaba de salvarme la vida, muchacho.

—Emmm —dudaba Jeff con el arma en la mano.

—Por sus actos heroicos lo nombró nuevo jefe del cuerpo de seguridad nacional, es un honor, comandante —hizo un saludo militar.

—Señor…

—Vienen grandes oportunidades —aseguró el presidente—. Me cercioraré de que tu familia tenga lo mejor.

Jeff bajó su arma.

—Además, mandaré a tus hijos a estudiar al extranjero.

—Gracias señor presidente. será un verdadero honor.

    Jeff y el presidente se saludaron y se dieron un abrazo fraternal.

 

     Un día después de los atentados, Jeff fue arrestado por alta traición a la patria. Era un traidor imperialista según el presidente. Su familia tuvo que huir a la frontera sur. Se llevó un juicio y fue sentenciado a la horca. El cuerpo de Jeff duró dos días colgado en el zócalo de la capital. Los cuervos se posaron sobre los hombros de Jeff y se le sacaron los ojos.