Jueves, 16 Marzo 2017 05:40

Luis David Palacios / LUX ÆTERNA LUCEAT EIS /

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Luis David Palacios

LUX ÆTERNA LUCEAT EIS

 

 

Tú que bordas la tela de la muerte

no mires a los míos

por este canto que los nombra.

Pero si la noche fragmenta su cubierta

que tu arboleda sea un resplandor

donde sus pies se laven con la calma

de tu mano que ondula,

dales un árbol donde el sueño

pueda volar sus pájaros.

Si mi voz se levanta

es porque reconoce en ti todos los cauces.

Si mi mano te sirve,

entona ya mi nombre para caer de ti,

contigo en el rescoldo de ese fuego.

 

 

DIANA 

 

            

Tus piernas dibujan las alas de la mariposa;

un pistilo plástico alimenta tu sueño.

La bocina de tu corazón se enciende en una máquina,

es la llegada del tren que nos reúne en turnos junto a tu vuelo caído

donde no ha entrado el sol o su ausencia.

Diciembre es terrible. Tu padre habla y rema

contra el amor de otra madre y su canto,

contra la cuna nocturna de los brazos donde te meces,

contra blancos No vestidos de hombre,

contra su propio peso hundiéndose en el mármol de este hospital.

 

II 

           

El amor aquí no sirve,

no te levanta con el amanecer.

Tu llanto nos haría reír, Diana,

te sacaría de esta playa de algodón

en donde tomas poco a poco la noche de su cuerno.

Tu respiración enflaquece

y ahorca prematuramente los días

y ganamos absurdas ecuaciones que no reparan la hondura de tu

abdomen.

Humedecemos la arena que florece en tus labios.

No hay otro sonido más que el picotazo pendular del cuervo en tu

corazón sin miedos, apagándose.

No hay herida dónde poner bálsamos.

Tu dolor es un papel negro y transparente,

viene callado de la base del sueño

a machacarnos junto contigo.

 

 

ROSA

 

Dos lunas de carbón sostienen el aroma

a sueño café de sus ojos de madre.

Dos veces el amor ha dado en ella sus pétalos de sombra;

abrió de tajo la ventana tibia de su vientre.

Aquí mis ojos dan de beber en su nombre

y no tengo ojos para dar de beber a su nombre –Rosa,

suspendida lágrima en el filo de la osamenta–

y me duele la caída de sus ojos

ante la tierra abierta donde sembró mariposas.

En la cocina llueve sordamente

y su cuerpo cae en la unidad acostumbrada,

sus labios guardan esas alegrías de cuna sin abrir.

Ella mira pasar los estigmas de la lluvia

y no hay afrentas en la noche de su día.

Viene y va su llanto descompuesto

por el tiempo mordido de la sala,

por la lluvia herrada de la ducha.

En las manos del amor hay alacranes

pero ensaya su sonrisa anaranjada,

su andar a ciegas por el día

que se oye ladrar bajo la puerta.

La orfandad y sus índices

le enseñaron el escudo del silencio desde niña

pero su maternidad se derrama sobre el hueso de la cera que arde

y el calostro se oxida dentro de sus dos sueños redondos

y esa pregunta de cinco años que está sobre sus piernas la hiere

porque no hay forma de explicar un puerto que se abandona

o la lluvia encallada en la cocina.

 

 

CÍRCULOS

 

Nos convocaba la geometría del verano.

La forma de la guerra se elegía

por el hallazgo íntimo

de las armas de otras temporadas.

Crecí en la calle Octubre

–quizá por eso

el otoño es una canción que no repito.

En ese campo de batallas fui Tiberio,

con la misma costumbre

luché contra el ejército del Norte,

forjado a una manzana de distancia.

En ese campo de batallas conocí la ambición

y el respeto que se ganaba con los crujidos estelares,

urdidos por un ojo y una mano en contrapunto

sobre las tiernas cicatrices de la tierra.

Una lengua de piedra sepulta nuestra calle

remendada de gritos.

Tal vez la forma de la guerra sea la misma

que llenaba de trompos el jardín de la infancia.

Quizá otros pierden sus racimos de amor y de misterio

sobre la misma lengua asfaltada de gritos.

Pero en nosotros –los que ahora

jugamos a cambiar en el espejo–

las calles boquituertas ya no tiene retorno.

 

LOS        MUERTOS    

      

Bajo las rosas tibias de la cama

los muertos gimen esperando turno.

Lorca

Escribo estas palabras porque viven los muertos.

Porque viven los muertos descubrimos

una tibia rareza a nuestro lado

sobre el anochecer donde nos acostamos solos.

Aparece otro hueco en la almohada desnuda

y el corazón despierta

mientras muere el perfume de su sábana.

Porque los muertos viven

presentimos ajenas pulsaciones

y un férvido deseo.

Porque viven los muertos escuchan esta voz.

Visto 6937 veces Modificado por última vez en Viernes, 17 Marzo 2017 07:04
Homenic Fuentes

Director de la revista digital "la Piraña", Editó la revista "Amargo animal" (Ciudad de México 2006). Ganó en el 2007 el primer lugar del Concurso Nacional de Poesía El Laberinto.  y fue incluido en el Encuentro de Poetas 2007 de Iztacalco. Es crítico de poesía y narrador. Autor del libro Dialéctica de Job.

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