Jueves, 29 Abril 2021 19:18

RUECA / Jesús Marrero /

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 RUECA

Jesús Marrero

 

Pedaleas en tu máquina de coser: el calor, el repugnante olor a tela. Aborreces la monotonía tanto como a tu vida; tu rostro lo dice cuando abres la puerta y encuentras de frente la realidad: tu vieja modelo Singer descolorida por el paso del tiempo, ruidosa y de pedales rústicos, semi arropada por retazos de tela de trabajos atrasados que nunca terminaras. «Te gustará» decía papá. ¡Si supieras hacer otra cosa!  Sabes que a pocos les gusta remendar trapos, aunque llevas un pantalón lleno de cicatrices, y esa camisa, en el barrio te conocen por ella. Tu camisa de rosas, rojas como la sangre, enmarcada en blanco hueso. Tiene tres años esa camisa, Raúl. Confeccionada el mismo día que desapareció papá, con los conos de hilo que encontraste al lado de la rueca que por tantos años se ha guardado como recuerdo dentro del taller, y que el paso del tiempo le ha despojado incluso su valor de reliquia.

Raúl, por lo menos tienes clientela:

 IGLESIA REFUGIO DEL CORAZÓN INC. 

Esas señoronas con vestidos pentecostales que a veces vienen y te predican del adulterio, del infierno, que Sodoma, que Gomorra y luego como mandato divino, te piden rebaja. Te enojas, pero, qué podrás hacer con las siervas que no entienden el trabajo que implica armar esas batolas rosadas. Te distraes mirando los trajes de novio. No cabes, aunque le anexes tela. Te habría quedado preciosa la camisa morado fucsia. Combina con tu piel blanca. Usarías un sombrero clásico para tapar la calva y un bastón con estilo para disimular que arrastras el pie izquierdo.

Absorbes el olor a tela. Se torna densa como algodón húmedo. 

Nada te divierte, ni observar al vecino mientras su compañero gime. Te excitabas. Corrías al otro lado de la calle (a casa), fue como tu esposa quedó embarazada y llegó José. Sigue tus pasos, aunque no quieras, como papá, el abuelo, bisabuelo… sí, todos sastres que desaparecieron como si la tierra se los tragara. Sin dejar más rastro que varios conos de hilo.

Dices que los abuelos al igual que papá se cansaron de la sastrería y sus esposas. Todos saben que no es tu caso, desde que ella vociferó que eras poco hombre «¡Buen maricón!», en fin, Raúl, evades alegando estrés.

¿Te marcharías? ¿Dejarías el taller a José? ¿Cuándo saldrás a comprar el hilo tradicional? Lo piensas. Pedaleas combatiendo el olor con el cigarro que acabas de encender.

Tomas la máquina, la observas, te pinchas, das tumbos en la ropa mutilada, sangras, un escalofrío te recorre el cuerpo. Maldices, cierras y te vas a casa.

Algo sobresale de tu abdomen. Como hilo, te asustas. Puede verse el miedo adherido a la piel. Te ves al espejo. Esa pequeñez pasará, piensas. ¿Qué daño podría causarte un hilo? Vuelve a tu cotidianidad, peléale a tu esposa por condimentar de más la cena, pero no le pegues al niño por jugar con pedazos de tela, él quiere ser como tú. Vete a dormir, deja tu esposa recogiendo los platos del suelo, cuando suba ya estarás dormido. No te fastidiará con el asunto del sexo.

 

El hilo se expande, ganando nervios, cada articulación. Te vuelves de tela Raúl. No sabes reaccionar a esta metástasis diabólica. Todo huele a trapo. Te causa asombro abrir un pequeño espacio en lo que debió ser tu vientre. Tus intestinos son de hilo. Esto no es algo de otro mundo, Raúl. Los hombres alguna vez fueron de barro. Hoy son de carne y hueso, una carne y unos huesos que algún día volverán a ser barro. Tu esposa lo entenderá. No te escondas, que no importe lo que piensen los vecinos o las siervas. Sólo imagina, un día a todos de tela caminando bajo un sol afelpado, o sus hijos jugando sin discriminación alguna en un aguacero de corduroy. Sé quién en verdad eres Raúl. Un hombre de hilo.

Te confundes, desnudo en la pila de ropa. Intentas llorar, pero tus cuencas ya no tienen lágrimas. Escuchas los gemidos del vecino como trenzado en una voz tenue y pasiva. El barrio está sin luz como acostumbra. En tu casa se acostaron. No te esperan. Te conocen, debes estar borracho en cualquier acera del malecón. No es así. Hoy es diferente.

Imagínate Raúl, mirar un mar de seda azul vapulearse, haciendo espumas de algodón. Un leder, succionando tu miembro acolchonado en un callejón de la Duarte. Giras la máquina. ¿No piensas en José?  Los vecinos sacarán conclusiones, pero, qué dirán de un hombre de hilo, que se descose al ritmo de un girar, sin preguntarse si hay más hombres como él. Resignados a lo que son, aferrándose a la vida. Tu cuerpo está en los conos emanando su último olor a hierro y trapos para adoptar por completo su figura de hilo. Tu corazón se deshilacha, abres la boca y lanzas suspiros de tela. Lo cuentas. Buscas el último. Los de carne y hueso también lo hacen; cuando caen de un puente o cuelgan o agonizan en un charco de sangre ¿Crees ser diferente, porque eres de hilo? No, Raúl. Una rueca te diferencia.

Se terminó tu existir. Los conos están llenos. En espera. Algún día alguien lo encontrará y se hará una camisa de rosas, rojas como la sangre, enmarcada en blanco hueso, y tal vez, algún día, también será de hilo.

 

 

 

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Jesús Marrero

Jesús Marrero.

Nació en Villa Altagracia. San Cristóbal (República Dominicana), el 3 de agosto de 1992. Desde pequeño le gustó armar historias. Hijo de Doña Rosa. Miembro del taller de narradores de Santo Domingo. Ropa sucia. Conoció el meñique de la literatura preparando empanadas en el gran Santo Domingo, con un poeta que intenta revolucionar la poesía dejando fragmentos existenciales de su obra dentro de las empanadas de queso. Ganó dos menciones de honor en categoría cuentos en la feria internacional del libro 2017, primer lugar en el mismo concurso del 2018, mención de honor en concurso de cuento de la Universidad Autónoma de Santo Domingo 2016. Mención de honor en el concurso de cuento Camino real 2019.

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