Jesús Marrero

Jesús Marrero

Jesús Marrero.

Nació en Villa Altagracia. San Cristóbal (República Dominicana), el 3 de agosto de 1992. Desde pequeño le gustó armar historias. Hijo de Doña Rosa. Miembro del taller de narradores de Santo Domingo. Ropa sucia. Conoció el meñique de la literatura preparando empanadas en el gran Santo Domingo, con un poeta que intenta revolucionar la poesía dejando fragmentos existenciales de su obra dentro de las empanadas de queso. Ganó dos menciones de honor en categoría cuentos en la feria internacional del libro 2017, primer lugar en el mismo concurso del 2018, mención de honor en concurso de cuento de la Universidad Autónoma de Santo Domingo 2016. Mención de honor en el concurso de cuento Camino real 2019.

Jueves, 29 Abril 2021 19:18

RUECA / Jesús Marrero /

                                                 

 

 RUECA

Jesús Marrero

 

Pedaleas en tu máquina de coser: el calor, el repugnante olor a tela. Aborreces la monotonía tanto como a tu vida; tu rostro lo dice cuando abres la puerta y encuentras de frente la realidad: tu vieja modelo Singer descolorida por el paso del tiempo, ruidosa y de pedales rústicos, semi arropada por retazos de tela de trabajos atrasados que nunca terminaras. «Te gustará» decía papá. ¡Si supieras hacer otra cosa!  Sabes que a pocos les gusta remendar trapos, aunque llevas un pantalón lleno de cicatrices, y esa camisa, en el barrio te conocen por ella. Tu camisa de rosas, rojas como la sangre, enmarcada en blanco hueso. Tiene tres años esa camisa, Raúl. Confeccionada el mismo día que desapareció papá, con los conos de hilo que encontraste al lado de la rueca que por tantos años se ha guardado como recuerdo dentro del taller, y que el paso del tiempo le ha despojado incluso su valor de reliquia.

Raúl, por lo menos tienes clientela:

 IGLESIA REFUGIO DEL CORAZÓN INC. 

Esas señoronas con vestidos pentecostales que a veces vienen y te predican del adulterio, del infierno, que Sodoma, que Gomorra y luego como mandato divino, te piden rebaja. Te enojas, pero, qué podrás hacer con las siervas que no entienden el trabajo que implica armar esas batolas rosadas. Te distraes mirando los trajes de novio. No cabes, aunque le anexes tela. Te habría quedado preciosa la camisa morado fucsia. Combina con tu piel blanca. Usarías un sombrero clásico para tapar la calva y un bastón con estilo para disimular que arrastras el pie izquierdo.

Absorbes el olor a tela. Se torna densa como algodón húmedo. 

Nada te divierte, ni observar al vecino mientras su compañero gime. Te excitabas. Corrías al otro lado de la calle (a casa), fue como tu esposa quedó embarazada y llegó José. Sigue tus pasos, aunque no quieras, como papá, el abuelo, bisabuelo… sí, todos sastres que desaparecieron como si la tierra se los tragara. Sin dejar más rastro que varios conos de hilo.

Dices que los abuelos al igual que papá se cansaron de la sastrería y sus esposas. Todos saben que no es tu caso, desde que ella vociferó que eras poco hombre «¡Buen maricón!», en fin, Raúl, evades alegando estrés.

¿Te marcharías? ¿Dejarías el taller a José? ¿Cuándo saldrás a comprar el hilo tradicional? Lo piensas. Pedaleas combatiendo el olor con el cigarro que acabas de encender.

Tomas la máquina, la observas, te pinchas, das tumbos en la ropa mutilada, sangras, un escalofrío te recorre el cuerpo. Maldices, cierras y te vas a casa.

Algo sobresale de tu abdomen. Como hilo, te asustas. Puede verse el miedo adherido a la piel. Te ves al espejo. Esa pequeñez pasará, piensas. ¿Qué daño podría causarte un hilo? Vuelve a tu cotidianidad, peléale a tu esposa por condimentar de más la cena, pero no le pegues al niño por jugar con pedazos de tela, él quiere ser como tú. Vete a dormir, deja tu esposa recogiendo los platos del suelo, cuando suba ya estarás dormido. No te fastidiará con el asunto del sexo.

 

El hilo se expande, ganando nervios, cada articulación. Te vuelves de tela Raúl. No sabes reaccionar a esta metástasis diabólica. Todo huele a trapo. Te causa asombro abrir un pequeño espacio en lo que debió ser tu vientre. Tus intestinos son de hilo. Esto no es algo de otro mundo, Raúl. Los hombres alguna vez fueron de barro. Hoy son de carne y hueso, una carne y unos huesos que algún día volverán a ser barro. Tu esposa lo entenderá. No te escondas, que no importe lo que piensen los vecinos o las siervas. Sólo imagina, un día a todos de tela caminando bajo un sol afelpado, o sus hijos jugando sin discriminación alguna en un aguacero de corduroy. Sé quién en verdad eres Raúl. Un hombre de hilo.

Te confundes, desnudo en la pila de ropa. Intentas llorar, pero tus cuencas ya no tienen lágrimas. Escuchas los gemidos del vecino como trenzado en una voz tenue y pasiva. El barrio está sin luz como acostumbra. En tu casa se acostaron. No te esperan. Te conocen, debes estar borracho en cualquier acera del malecón. No es así. Hoy es diferente.

Imagínate Raúl, mirar un mar de seda azul vapulearse, haciendo espumas de algodón. Un leder, succionando tu miembro acolchonado en un callejón de la Duarte. Giras la máquina. ¿No piensas en José?  Los vecinos sacarán conclusiones, pero, qué dirán de un hombre de hilo, que se descose al ritmo de un girar, sin preguntarse si hay más hombres como él. Resignados a lo que son, aferrándose a la vida. Tu cuerpo está en los conos emanando su último olor a hierro y trapos para adoptar por completo su figura de hilo. Tu corazón se deshilacha, abres la boca y lanzas suspiros de tela. Lo cuentas. Buscas el último. Los de carne y hueso también lo hacen; cuando caen de un puente o cuelgan o agonizan en un charco de sangre ¿Crees ser diferente, porque eres de hilo? No, Raúl. Una rueca te diferencia.

Se terminó tu existir. Los conos están llenos. En espera. Algún día alguien lo encontrará y se hará una camisa de rosas, rojas como la sangre, enmarcada en blanco hueso, y tal vez, algún día, también será de hilo.

 

 

 

Viernes, 15 Enero 2021 04:59

Calle La Esperanza / Jesús Marrero /

 

 

Calle La Esperanza

Jesús Marrero

 

Los ojos de mi padre son el rojo de las seis implorándome ser hombre. El fango de la calle se traga mis pies hasta los tobillos. Seis. Sol. Lluvia. No recuerdo cuando empezamos a caminar a La Esperanza. «se hombre», me dice, al tiempo que la calle muerde mi pie izquierdo quedándose con mi zapato. «¡se hombre!», y gira la cabeza como un óvalo mecánico ajustado al cuerpo. En ocasiones olvido cómo era exactamente mi padre, hay días en los que lo recuerdo derrotado, demacrado, como una noche cargada de piedra, sin fuerzas para vivir… pero fue mi padre, y siempre tendrá los mismos ojos. Lo repaso como si ahora estuviera caminando tras él. El barrio también era rojo, un rojo sofocante. Mi padre pensaba los pasos sobre la arcilla que parecía abrazarlo, tragárselo, pero era demasiado hombre para sucumbir. Yo quería ser la misma cantidad de hombre que él, y caminar sin pensar en el lodo pesado, que nos perseguía en masa, queriendo escalar en busca de los ojos de mi padre.

Cuando mi madre vino a La Esperanza, mi padre ahorró sus palabras como si esperara el momento justo para desahogarse. Solo hablábamos lo necesario, lo demás lo entendía con la mirada. Era como si la persona que en algún momento conocí se fuera gastando con el tiempo, apagando con cada esfuerzo, muchas veces sentía que era mi culpa, que yo era quien estaba destruyéndolo, pero no sabía qué hacer, aun no entendía cómo funcionaba un hombre, aunque estuviera tan cerca de serlo. Tiempo después supe que todo era culpa de mi madre. —Abre la puerta Manuel. — dice, mientras mira al final de la calle. La bisagra gruñe en descenso mientras se deja llevar por el viento

de la lluvia. — Esta vaina envuelve Manuel, te atrapa. Nunca intentes ir al final de la esperanza, Manuel. — Tres pasos y busco las cosas a tientas, no es que quiera encontrar algo, pero la oscuridad es tan fuerte que se siente próxima y palpable. —Mamá no está aquí. Le digo a mi padre mientras continúo buscando donde sujetarme. De haber estado ahí, su olor a mentol ya nos habría recibido. Tolero un poco de mentol en los pies. No sé cuánto más poder caminar, y más ahora que he perdido mi zapato izquierdo.

Un golpe de sol entra por la ventana. Sus tentáculos tropiezan hasta caer sobre mi padre. Sigue inmutable. Desde la ventana puedo ver hileras de casas de maderas, pintadas de verde y amarillo, desgastadas, corroídas por los insectos y el tiempo, nunca habitadas, solas como los pensamientos de mi padre. La briza levanta el polvo de La Esperanza: empuja a un anciano: va taconeando su único zapato, su otro pie descalzo deja la huella de un animal que repta sobre el polvo rojizo. No mira a los lados como si ya tuviera grabada la melancolía del lugar y no tiene que usar los ojos para nada más. Lleva prisa. Todo está reseco, parece que nunca llovió. Si no fuera porque recuerdo la noche de ayer diría que nunca llovió. Todas las casas son iguales y están muertas. Al frente nuestro hay una casa, que más bien parece un espejo de la nuestra. En la ventana hay un hombre que se rasca el ojo derecho y se ríe, o llora. Se rasca dos de sus dedos largos y flacos. Empieza a lagrimear y para, se mueve de la ventana y no aparece más. Eso creía, que no aparecería más. Lo hace todas las mañanas. Digo todas las mañanas como si llevara años aquí. Hace veinte años llegué a este lugar, lo recuerdo como si fuera ayer: entramos a la casa vacía, oscura y fría. Improvisamos una cama con la ropa de mi padre, y vi como mi padre se acostó y me dio la espalda. Yo me quedé sentado mirando su espalda. Mi padre está al final de la calle. Se fue. No hoy. Ayer. Se fue en busca de madre. No sé cuánto tiempo llevo sentado solo. No vendrán. Hay días en los que el viento del final de la calle huele a muertos antiguos.

El sol empezó a caer otra vez y mi padre no se levantó en todo el día estoy agotado de ver al vecino frotarse el ojo. Las casas son todas iguales. ¿Ya había dicho que las casas son amarillo y verde como la esperanza? —Es hora de ser hombre. — dice mi padre de espalda. Puse mi cara ruda y entrecerré los ojos. — Es hora de ser hombre, Manuel. — repite por segunda vez. Ahora más que un mandato lo implora. Se pone de pie y me sujeta la sien como si quisiera pasarme sus ojos rojos. Su dedo pulgar me recorre la frente en círculo y desciende hasta llegarme a la niña. Yo no parpadeé o grité. Nunca quité mi cara ruda mientras introducía su dedo pulgar con toda la presión del mundo sobre mi cuenca del ojo derecho. Me fui acostar cuando escuché el sonido de gotera que hizo mi ojo. Mi padre me pasó su ojo rojo. Marché a la cama taconeando el único zapato que llevaba; no sin antes ver a mi padre acostarse y darme la espalda otra vez. Esa noche mi padre se fue al final de la calle. Se fue dejándome el rojo, lo único que aún recuerdo de él. El sol me despertó más temprano de lo común. El vecino está en la ventana con sus dedos negros y largos. Se frotó el ojo con furia hasta lanzar un hilito de lágrima a la calle. Se frotó la cuenca con tanta furia, que se transformó en un clítoris horizontal, lo recuerdo; salió a la calle, miró la humedad de sus lágrimas, sonrió y se fue al final de la calle.

Cuando decidí caminar al final de La Esperanza el sol aún se ocultaba. Tres pasos. Mire al final de la calle. La Esperanza no tiene fondo.

Me quede solo en La Esperanza. Aquí nadie viene. El sol se oculta. Sale el sol: siempre es el mismo día. Nunca dije si había árboles en La Esperanza, en realidad… no recuerdo. Siento que llegue en la noche. Quizás fue ayer que empecé a caminar hasta el final. No sé por qué camino, pero ayer llovía, lo recuerdo como si fuera ayer. Pero no estaban estas arrugas y mi ojo no ardía. Voy tras mi padre al final de la calle.