RICARDO BUGARÍN

RICARDO BUGARÍN

RICARDO BUGARÍN

(General Alvear, Mendoza, Argentina, 1962)

Escritor, investigador, promotor cultural.

Publicó “Bagaje” (poesía, 1981). En el género de la Microficción ha publicado: “Bonsai en compota” (Macedonia, Buenos Aires, 2014) , “Inés se turba sola” (Macedonia, Buenos Aires,2015), “Benignas Insanías” (Sherezade, Santiago de Chile, 2016) ,“Ficcionario” (La tinta del silencio, México, 2017) y “Anecdotario” ( Quarks, Lima, Perú, 2020).

Textos de su libro “Bonsai en compota” han sido traducidos al francés y publicados por la Universidad de Poitiers (Francia).

Integra las ediciones “Borrando Fronteras-Antología Trinacional de Microficción Argentina, Chile y Perú”; “¡Basta! Cien hombres contra la violencia de género” (edición argentina); “Antología Iberoamericana de Microcuento” (Santa Cruz de la Sierra, Bolivia); “Vamos al circo. Minifición Hispanoamericana” de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP, México) y “Cortocircuito. Fusiones en la Minificción” (BUAP, México); las reediciones de “¡Basta! Cien hombres contra la violencia de género” realizadas por el Gobierno de Mendoza (2018) y “La mirada del cóndor”, Microficciones mendocinas (2018); “Hokusai. Antología de Microrrelatos” (Santiago de Chile, 2018), “Gatos. Antología de Microficción” (Chile, Sherezade 2019), “Brevísimos. Selección de Microcuentos” (Mendoza, 2019), “Los pescadores de perlas. Antología de microrrelatos de Quimera” (Barcelona, 2019), “Escritos en Cuarentena. Letras para salvar el pellejo” (Ipiales, Colombia, 2020), “Brevirus. Antología de Minificciones” (Santiago de Chile, 2020) y “Casa de los espejos” (Ave Azul, Texcoco de Mora, México, 2020).

Imagen: “Desde el otro lado” de Guillermo D ¨Anna 

 

PROBABILIDADES Y OTRAS MINIFICCIONES

DE UN HOMBRE DIMINUTO

Ricardo Bugarín

 

 

PROBABILIDADES

 

A veces la satisfacción no me alcanza como no me alcanza el dinero o los beneficios de una dieta. Debo intentarlo de nuevo y si no resulta, ser reincidente. Puede suceder que, de lo contrario, me canse y decida detenerme antes de llegar a la meta. Puede suceder, entonces, que la satisfacción, el dinero y el beneficio de una dieta se me tiren encima y disminuyan toda mi entereza. Ante tales resultados debo recordarme que las probabilidades no son muchas y que las cosas suceden a veces pero, a veces. También me suele ocurrir que, a causa de un músculo rebelde, pego una patada involuntaria, me doy contra la pared y me caigo de la cama.

 

HOMBRE QUE HUYE

 

Hay un hombre que huye. Lo hace de una manera despavorida. Sabemos que huye de su propia sombra. No queremos distraerlo de ese intento fugaz pues sabemos que pronto vendrá la noche. Tal vez entonces, se detenga. Tal vez cambie de actitud y se reconcilie consigo mismo. Por lo pronto ha alcanzado tanta ligereza que vemos que se pierde en el horizonte. Tal vez no se pierda sino que cruce la línea del horizonte y del otro lado de ese umbral vuelva a encontrarnos viéndolo pasar y con el deseo intacto de no distraerlo de su aciago destino.

 

PROCURARSE LA CALMA

 

Debajo de la cama me encontré arrodillado. Me pareció extraño verme en esa situación. No soy de los hombres que se ocultan y muchos menos debajo de una cama. Verme cara a cara debajo de un colchón es una experiencia extraña. Mucho más extraño es advertir que esa no es mi cama, que esa no es mi habitación, que esa no es mi casa, que esa no es mi ciudad. Alguien debe estar soñándome o yo me he extraviado por motivo de una distracción. En algún punto radica el problema y en otro, estará la solución.

 

PRÁCTICAS PRIVADAS

 

Usted se detiene en sí mismo. Se libera por unos instantes y comienza un trayecto que va desde el cerebro reptil a los extremos subcutáneos de sus pies (no digamos hasta la punta de sus uñas porque eso está muy trillado y esto es otra cosa). Va encontrando sorpresas. Algunas le agradan, otras no. Hay momentos adiposos y otros laxos. Algunos hallazgos emocionan por su estado de conservación. Otros acongojan pero, son disimulables. Después de un tiempo prudencial de recorrido, junta todo y vuelve a colocarlo en el envoltorio original. Limpia los enseres del desayuno y, como buen hombre que es, se marcha a su trabajo.

 

OTRO INTENTO

 

Con un té voy a aflojar la pesadumbre que se ha adherido a mi vida. Intenté con tenazas, pinzas, escalpelos pero, nada funcionó. Polvo para lavavajilla, destapa cañerías y azufre diluido en bencina, no fueron de ayuda. La pesadumbre se obstina en perdurar, en señorearse por mi vida y mi persona. La he visto probarse mis mejores trajes y admirar con deleite mi calzado. Supe, también, que le ha enviado notitas pecaminosas a mi mujer y confidencias falsas a mis compañeros de oficina. Ahora, para el momento del té se precisa una concentración cuidadosa. Es muy necesario todo el silencio del universo y una fuerza de voluntad casi sobrehumana. El problema es que parece que, a último momento, la voluntad se ha ido de vacaciones.

 

SUEÑOS

Tengo sueños capilares. A veces son subacuáticos pero, generalmente, son rizomas texturados ascendentes que se enredan en tu garganta. No te lo comento pues temo que te asustes y decidas abandonar el aljibe. ¿Cómo contarte que a veces sueño con un transatlántico?, ¿cómo confesarte que un buque fantasma anda orillando nuestras costas?, ¿cómo decirte que he visto a un náufrago del otro lado del brocal que nos circunda?. Te parecerá que alucino, que tal vez comida en descomposición ha producido mi febril estado o que una pesadilla de infancia está golpeando mi presente. De todos modos estos sueños ya no me desvelan, no me atemorizan, se destiñen con el cloro y he descubierto, finalmente, que se vuelven inofensivos.

 

Imagen: “De presencias y de ausencias” de Marcelo Stella

 

 

 SUEÑOS RECURRENTES Y OTRAS MINIFICCIONES

/ Ricardo Bugarín /

 

Si los sueños son recurrentes, debemos considerar que esos son sueños caprichosos, quieren poseernos por entero y por eso se aprovechan de nuestro momento de descanso. No hay nada más desvalido que un hombre extendido sobre una cama. Esto lo saben los sueños recurrentes y por eso se complacen en satisfacer sus obscenas necesidades visitándonos, acosándonos, rodeándonos, asaltándonos, violentándonos, poseyéndonos, dominándonos, hasta convertirnos en estropajos. La mejor estrategia, en este caso, es esperarlos despierto, atentos, alertas, la noche entera si fuese necesario, hasta combatirlos por cansancio. Se lo confirmo yo que en veintisiete meses ningún sueño recurrente ha osado atravesar el umbral de mi habitación y aquí estoy, quietito en mi cama y con los ojos bien abiertos.

 

 

CONDICIÓN DE LAS CURIOSIDADES

No todas las curiosidades son para ser mostradas. Porque a veces uno nombra una curiosidad y pobrecita, se queda ahí destemplada, a la intemperie. Las curiosidades son para los íntimos. Para los cercanos. Por ejemplo, usted toma una curiosidad y se la muestra a un amigo íntimo y, ahí nomás, usted puede comprobar cuan íntimamente curioso puede ser ese amigo. O sino digamos, cuán íntimamente amigo puede ser ese curioso. El asunto que usted después deduce y, según le parezca, muestra otra curiosidad o cambia de amigo. Pero las curiosidades son una cosa reservada, de eso no hay que olvidarse.

 

 

PEDIDO EXPLÍCITO

Detesto el Reader´s Digest. No me regales más esas lecturas pusilánimes. En casa había estantes llenos de esa revistita presuntuosa. Las que no terminaron en el campo, se fueron en valijas a la biblioteca pública. Esas cosas me parecen tan idiotas como las colecciones de postales. Mi abuelo estuvo años en la sección de español. Detesto el español, una lengua tan amplia y tan mal utilizada. Me esforcé en olvidar el entenadoinglés americano. Toda esa parte del mundo me parece un continente que no necesitamos. Disfruto de mi sonriente mandarín y del sabor de estas hojitas centenarias. No necesito genealogías. Detesto a mi familia. No me escribas más y no me hagas estúpidos regalos.

 

PABELLÓN 13 

Rodó por las escaleras dibujando las cabriolas que tanto nos gustaban. En el último peldaño se detuvo. Saludó al agradecido auditorio y luego se dejó caer, exhausto. Ahí lo dejamos, cubierto de honra y de honor. En el pabellón 13, girando hacia la izquierda, puede verse todavía algo de sus restos.

 

SESIÓN

Cristalizábamos bastante bien y tuvo que llegar ese engreído amarillo que se cree estalagmita de la National Geographic. Interrumpimos el proceso y nos miramos en comunicativo silencio. A la primera señal, iniciamos nuestro concierto de gorgoritos y de eructos para amedrentarlo. Alcanzamos el propósito y lo vimos, raudamente, recoger sus cosas y salir disparando. Iba como un loco, perdiendo esa lechecita tenue que le conocemos cuando tiene miedo y, escaleras abajo. oímos el portazo. Retomamos la cristalización y, en calma, nos fuimos tomando de las manos.

 

ORFANDAD

Aconteció una vez que un zafío olvido se dejó a la intemperie todos los recuerdos. Cuando en la alta noche recordó que los recuerdos estaban al desamparo corrió con tanta desesperación que, en el trayecto, perdió la cabeza. Dicen los que saben, y de esto hay mucho escrito, que desde entonces hay muchos olvidos huérfanos.

 

 

 

 


MINIFICCIONES CON INFANCIA

RICARDO BUGARÍN

 

 

VERANO

 

Tomamos sol en la playa y después lo guardamos en el cesto junto a los restos de comida y otros elementos. Advertimos que ya no hay espacio para el protector y las cremas mientras el periódico del día no nos entra ni siquiera plegado. Avanzamos por la duna y oímos la voz de nuestro hijo que, en su particular manera de preguntarlo todo, nos dice: ¿no será mucha luz para meterla toda en casa?.

 

EL PESCADOR

Tira la línea y pesca un surubí. Vuelve a tirar la línea y saca un pato. Vuelve a intentarlo y obtiene un barco de tres colores con el nombre Suertepintado en amarillo. La tarde es pródiga en riquezas. Lanza la línea por última vez para tentar al destino y saca un tapón. En el medio de la sorpresa, la bañera se vació.

 

 

TARDE DE PRIMOS EN EL JARDIN

Nos preparábamos dos o tres jarras de yeso con unas gotitas de limón, nos las bebíamos y, después, nos íbamos a jugar el juego de las estatuas.

 

LA TÍA EMILIA ES UNA INCRÉDULA

Las siestas adolescentes suelen ser muy aburridas si uno tiene tíos jodidos y que todo lo controlan. Nosotros sabíamos irnos al fondo de la finca, por el sector de los manzanos, y allí nadie nos incomodaba. Nos pasábamos la tarde de lo más entretenidos. Nos hacíamos enemas de miel. A veces se nos iba un poco la mano. Con un embudo y una goma nos íbamos endulzando y, después, nos tirábamos en el pastito a ver quién juntaba más hormigas. A veces nos agarraba una comezón de aquellas y las risotadas llegaban a sacudir las manzanas maduras en las ramas. Todo fue bien hasta que nos atacó el enjambre. Tuvimos que salir corriendo cachete al viento y cuando íbamos llegando a la casa nos sale el Boby y nos desconoce y despierta a todo el mundo a puro ladrido. La tía Emilia no nos creyó nunca que habíamos estado en el paraíso y que tuvimos que salir corriendo por la amenaza de una serpiente. Cuando convocó a plenario familiar dijo, convencidamente, que se terminaban en su casa las vacaciones entre parientes. Hay tías incrédulas que para lo único que sirven es para amargar la dulzura de los afectos.

 

 

EL CASO DEL CANGURO DE LA LECHE

 

Soy tan lento, mi musculatura es tan torpe, que me cuesta creer que yo sea ese niño tan hermoso que se ve en mis fotografías de infancia. Tal vez sea cierto que la infancia tiene algo de angelical que con el tiempo vamos perdiendo. El caso es que no me reconozco y debe ser por culpa del canguro de la leche.

Cuando era niño y vivíamos en la calle Ameghino, todos los días venía el lechero don Rodríguez a traernos su servicio. Lo veía llegar en su carro blanco, cargado de tachos, en el que se destacaba la figura de un esbelto canguro, parado sobre sus patas -bien enhiesto-, al lado del cartel que en un filete extraño decía “La leche es buena”. Ahora entiendo que aquello era una consigna publicitaria o una especie de campaña de concientización tan en boga en esa época.

Yo veía al canguro, sostenía su mirada, y pensaba que si me tomaba toda esa leche que, diariamente, dejaban en casa, un día sería fuerte y atlético como ese canguro. Yo me decía –para mis adentro- voy a ser un canguro Rodríguez. Convencido estaba que mi masa muscular –eso lo veo ahora- y el desarrollo de mi agilidad dependía de esos tachos que venían llenos de leche de canguro.

Lo angelical de la infancia –creo ahora, pero no lo digo- es una boludez tremenda. Yo que me pensé criado por leche de canguro soy ahora este pelotudo que no se reconoce en las fotografías de infancia. Soy tan lento y torpe que no me lo puedo creer. Si el canguro Rodríguez hubiera sido un colibrí, tal vez me creería que podría ahora estar suspendido en el aire o andar volando.