Cristian Galicia

Cristian Galicia

Cristian Galicia

 

Cristian Galicia (Ciudad de México, 1997). Poeta y creador audiovisual. Forma parte de la coordinación editorial de Humo Sólido. Ha publicado para medios digitales e impresos. Aparece en las antologías: Sobre la brecha, Pétalo de hierro, Las voces de los Faunos y Se derrama la fuente. Ha participado en foros como la Feria Internacional del Libro (FIL) Zócalo, FIL Minería, FIL Guadalajara, Fiesta del Libro y la Rosa, y Foro Internacional de Narración Oral y Poesía en Voz Alta (Casa del Lago). Fue miembro del Proyecto Focus, patrocinado por el Museo Tamayo y el Museo de Arte Contemporáneo de San Diego. Ha dirigido los cortometrajes: Punto de quiebre, La vuelta del tiempo, Ruta (Sabores/colores) y Mere (Mujeres en Chimalhuacán).

 

 

 

La huella en devenir

Reflexiones en torno al número 3 de Humo Sólido.

Por Cristian Galicia

 

Los diferentes tipos y formas de huellas que encontramos en la obra gráfica de Roberto Carrillo y en los poemas de Rocío García Rey, delinean las búsquedas o, mejor dicho, las persecuciones que llevan acabo en torno a su quehacer artístico y a aquello que sienten y que experimentan en la concreción de sus días. García Rey y Carrillo, nos convocan a una reflexión en torno al crimen, a la finitud, a las pruebas-huellas que constituyen nuestra propia personalidad no acabada.

En el grabado Adiós, Hemingway, que se encuentra en la cara frontal de la hoja de poesía y gráfica Humo Sólido en su tercera edición y que es, además, el primer contacto con los lectores, Roberto Carrillo hace convivir a varios tipos de registro de imágenes: la fotografía del escritor estadunidense Ernest Hemingway sosteniendo una escopeta y la radiografía de la mano del pintor noruego Edvard Munch, en cuyo dedo medio se haya la silueta de una bala incrustada. Ambos registros coexisten en la atmosfera del interior de una casa, la cual corresponde a la casa propiedad de Hemingway en La Habana, Cuba.

Si bien no tenemos certeza de si la radiografía de la mano de Munch fue tomada antes o después de la muerte del pintor, hay en tal radiografía una investigación de la materialidad inmediata con que el humano es en el mundo: la materialidad de su propio cuerpo. El cuerpo, su facticidad, es la posibilidad de que el humano tenga mundo, en el cual se despliega y existe entre otros materiales ajenos a sí, a su propia constitución biológica. La bala en la mano de Munch es la huella de un conflicto entre cuerpos, entre materiales que se interpelen y repelen unos a otros. El plomo con la carne y con los huesos, con la sangre y con las uñas, relación que también se da en el mismo acto de sostener un arma entre las manos; las manos sienten el metal de la escopeta e imprimen la huella de su presencia; las manos como lo tocado, se marcan recíprocamente.

La casa al fondo proviene de una fotografía impresa en offset a partir de la cual el grabador ha desarrollado varias obras, en cuyo proceso tal placa ha sido atacada por ácidos y cuyas heridas se manifiestan. El carácter de prueba fehaciente que suele adjudicársele a la fotografía cede ante las propiedades del ácido, avanza a su disolución, su identidad aparentemente objetiva va despareciendo.

Las huellas de la memoria funcionan también así; los recuerdos van siendo huellas en las que otras huellas se incrustan para dejar el rastro de un encuentro, de una violencia y de una transfiguración. A través de Adiós, Hemingway, Roberto Carrillo homenajea, pero ante todo reinterpreta, el género negro de la literatura: la novela policiaca, el Pulp, el thriller, y otros subgéneros. Carrillo crea una constelación de huellas en la cual el detective, que puede ser el espectador, investiga los hechos, en cuya concreción y objetividad, pues la imagen es un hecho, está ya toda la potencia de la mentira, de la falsedad y de la corrupción que celebramos deviniendo. Si el espectador tiende más hacia la figura del detective, el artista se inclina más hacia la del criminal, como el propio Roberto Carrillo anota en sus tesis de maestría. Esta condición de artista criminal, y más aún, esta condición de artista-criminal-detective también la hallamos en la poesía de Rocío García Rey.

Tres son los poemas que se encuentran en el reverso de la hoja, conviviendo y en cierta medida habitando el grabado Cartografías incrustadas. En esta cara de la hoja el diálogo se encuentra abierto de par en par entre poesía y gráfica. Los poemas, como el grabado, configuran un mapa que el lector tiene entre sus manos y al cual se le interpele para que emprenda una búsqueda, un repaso, un rastreo de los crímenes más interiores.

En el poema Nostalgia el lector es colocado entre las avenidas, debajo de la lluvia sin lluvia, y se le regala una pista para entonar la búsqueda: Ella Fitzgerald es nuestro Virgilio, nos guía por el transito citadino en cuya absoluta superficialidad nuestra nostalgia se crece. Avanzamos por la poética de García Rey, una sensación de búsqueda se hila con una sospecha de crimen, ¿qué crimen perseguimos en cada respiro? La perdida, la ausencia, el miedo, la cobardía, el olvido. ¿De qué de todo esto somos autores, de qué víctimas? Dice Rocío García Rey en Miedo: “hay una ciudad y hay una mujer / que no se atreven a repasar su historia”. En estos versos está puesto el miedo a la investigación interior, el cual es infinitamente lejano a la investigación científica, y por eso, abismalmente difícil. Cada prueba nos guía hacia sucesos interiores cada vez más insoportables, huella a huella nos engañamos y cada dolor nos tiende la trampa de las caídas profundas.

Cuántos crímenes en una ciudad como la nuestra, cuántos cadáveres en un corazón como el nuestro. Se extiende el último de los poemas, que cabe ahora señalar, no son de reciente creación, sino que fueron publicados por primera vez en el 2013 como parte del libro La otra mujer zurda editado por VersodestierrO, y cuya lectura, desde aquel entonces, dejó un profundo sentimiento en mí. Humo Sólido trajo al 2020 aquellos poemas que son una especie de huella viva y que evoluciona, poemas que contienen su época, su pasado, pero que están hechos de una sangre que puede manchar indefinidamente. En Continente la poeta lo enuncia sin reservas: “Ciudad-es como huella”. Y luego: “Tristes ciudad-es como huella”. Las Cartografías en las que a lo lejos se lee La Habana se mezclan con los versos de García Rey en donde se lee el sentimiento de la isla de Cuba abrazado con la frialdad de la Ciudad de México. Una memoria viva, poco abstracta, es lo que García Rey nos ofrece en cada verso; en su poesía la memoria es una con el presente de cada instante, una criatura de dos cabezas, quizá de tres pues, el futuro también se asoma. Escribe García Rey: “Abuela ayúdame a nombrar a cada muerto / Abuela ¿es verdad que en tus recuerdos habita el tiempo del mar?”, y con ello nos obliga a repasar nuestra historia, a nombrar a cada muerto, a buscar en lo profundo de las huellas que nuestros abuelos, padres, amigos, amantes han impregnado en nuestro ser.

 La búsqueda está iniciada, el crimen está consumado, el detective que cada uno es tendrá que buscar dentro de sí al criminal, si es que quiere hallarlo. Después de todo, cumplimos la condena de no poder encontrar otra cosa sino cada vez más rastros. Tal como lo demuestra este atrevido diálogo entre García Rey y Carrillo en el número 3 de Humo Sólido, lo más seguro es que el detective y el criminal caminen juntos.

Para conocer más de la obra de Rocío García Rey y de Roberto Carillo compartimos sus redes sociales. También compartimos el Número 3 de Humo Sólido para continuar el diálogo y la búsqueda.

Facebook: Rocío García Rey. Twitter García_Rey_Rocío

Facebook: Roberto Carrillo. Instagram: Roberto_Carrillo_Márquez.

 

 

 

LA TORMENTA INSISTENTE

Acerca del número 2 de Humo Sólido

por Cristian Galicia

 

Un rostro atormentado, desahuciado, viene a ser el acceso a la hoja de poesía "Humo Sólido" en este segundo número de su segunda época. El trazo de la gubia es un presagio de lo que ya estaba dentro de aquella criatura desesperanzada. Las líneas que construyen brazos, pecho, rostro, todas esas líneas son un aguacero sólido, macizo, lluvia densa que da forma a los sentimientos de lo oscuro. "Cefalea y yo", grabado del artista Rubén Galván, da noticia de lo que se aproxima, de lo que ya habita dentro, pero no ha comparecido ante la luz y quizás apenas pueda hacerlo. Las manos que tratan de consolar la propia cabeza, con los dedos entreabiertos son el resultado de una acción que no tendrá frutos, una acción para calmar la cefalea, acción de la cual tanto la cefalea como la vida misma se ríen. Buscamos el consuelo, a veces sin alternativa. Nos llevamos las manos a la cabeza, a sabiendas de que eso nada podrá contra ese específico padecimiento, contra la desesperación o contra la tristeza. La madera misma sobre la que se ha plasmado esta experiencia hace lo suyo, acompaña al artista y le sugiere cosas, le susurra la voz de los materiales, acto místico en el cual, como siempre, no es sólo el artista es el que habla a través de los medios. Las burbujas que se hallan en la cima del grabado nos aproximan a un mundo enrarecido, bien pueden ser la imagen del dolor, de la orfandad, el rostro de los sueños, bien pueden ser un fondo espacial. "Cefalea y yo", es un umbral, una trampa, una puerta, y nosotros al fin la cruzamos.

Si damos la vuelta a la hoja y aceptamos la invitación del grabado, nos topamos con la obra de Greta Rivara Kamaji. Estamos ya templados, o al menos avisados, para el difícil recorrido que siete breves poemas nos presentan por delante. Cada poema recorre el trayecto de la noticia, de la elegía y de la resignación obligada. ¿Quién da noticia de la pérdida que atravesamos en nuestra soledad más propia? Acaso uno mismo. Un canto reiterativo es el que escucha/enuncia Greta Rivara en estos poemas, y ella simplemente da cuenta de ese canto, hasta donde puede, hasta donde le permite el lenguaje, que casi nunca alcanza ante todos los acontecimientos, sobre todo cuando la existencia se nos planta de frente y tenemos que asumirla. La muerte de la madre, la muerte de los hijos, la muerte de los hermanos, la muerte de las mascotas, es una de las formas en que la vida por fin se hace evidente y nos recuerda qué tan olvidada estaba para nosotros, qué tan habituados estábamos a lo cotidiano.

En el libro "Orfandad", de la misma autora, la muerte es también el motivo de sus palabras. Tarea difícil para la poeta, habitar el territorio de la muerte, morar en la habitación de al lado y escuchar todos los días el viento del pasar del tiempo. Y aunque desde las primeras páginas de Orfandad, un lector superficial podría sentir que ya se dijo todo o se agotaron los recursos, cosa extraña y por demás equivocada sería opinar eso, pues equivaldría a decir que con el primer llanto de una pérdida se agotó la pérdida. El duelo, la nostalgia, el abandono acontecen siempre día tras día, y no se agotan. Una vez tras otra vienen el vacío en el centro del estómago, los dolores de cabeza, la flaqueza en piernas y manos; nunca se agotan. De esta manera, la obra reciente de Greta Rivara tiende a ser una incesante reiteración de eso siempre nuevo: un recordatorio de la muerte que libera nuestros días de su difuminación en lo cotidiano. Estos poemas nos acompañan en la pérdida, pero también nos recuerdan que todos somos seres próximos, muy próximos, a morir. Entre la elegía y el réquiem, la poeta reitera figuras y adjetivos una y otra vez porque así sincera su corazón, y nos demuestra además dos cosas: primero, que el poeta enfrenta su propia sustancia en la muerte de los otros, y que él como nadie se viene abajo con tales acontecimientos, ya por el dolor mismo, ya por el hecho de que su oficio con las palabras revela su mediocridad ante la “poesía encriptada de la naturaleza”, como diría Schelling, por lo que acá la poeta inclina la cabeza, pero no guarda silencio ante los gritos agonizantes del alma que se enfrenta a un mundo sin aquello que acaba de perder. Y segundo, la pérdida del valor de la palabra, de su carácter poiético, es decir, de su carácter creador de mundo. Greta reitera los vocablos, además, porque ¿cómo podría decirse más fácil y de una sola vez eso que se siente? Horror. Pánico. Orfandad. Desgarro. Sin embargo, siempre afecta la inmensidad de esas palabras que intentan vanamente nombrar algo tan innombrable. Así una figura recurrente de esta obra es la negación, fenómeno contradictorio si caemos en cuenta que alguien que habita tan de cerca el tema de la muerte todavía piensa en su negación. Para nada es así. Esta figura es más bien la constancia del minúsculo poder de la razón; la prueba de que la ola gigante, la tormenta implacable, el desierto infinito de la experiencia propia, de la subjetividad afectiva, nos rapta y nos coloca frente a nosotros mismos. Así lo dice Rivara al ser que ha muerto: “Olvidaste darme /el mapa que cruza este desastre, / devastación que arrolla/ fuerza de la desolación/ la de mi alma.”

Este reciente número de "Humo Sólido", entonces, es un número urgente, un aviso de que la obra artística conmueve y acompaña. Mediante el trabajo de sus creadores, esta hoja toca nuestra sucia ventana y nos recuerda el paso del tiempo. Muerte, enfermedad y angustia se evidencian y nos hacen comparecer, preguntarnos por lo que hacemos. Hay aquí una fuerte carga de sentimientos, que lo mismo puede conmover al que lo lea en la universidad, que a quien lo lea en cualquier transporte de camino a casa, así sea con pocas ganas ya de leer nada. Un número que ofrece además versos directos, figuras contundentes, trazos como hechos innegables, expresión que no deja dudas. Toda esa luz, esa claridad, toda esa fácil comprensión para transitar territorios oscuros. La distribución de la hoja es gratuita, búsquenla o por aquí se las dejamos; les toca continuar por este camino poético-gráfico a ustedes solos.